Benigno

Desempolvando letras encontré que perecía. 

—He visto una luciérnaga. De esas que titilan una vez y luego desaparecen; puede que mi cerebro me jugaba una broma pesada, sólo una vez la vi...

Entre 9 horas de oscuridad, destello por segunda vez, manos sudorosas tomaban la linterna para buscarle. Ha desaparecido, como al principio; un deseo inconsciente de verle dibujaba las presencias donde no había.


Una fantasía indecente me sumergía.
Un halo de luna negra resplandecía. 
Una mentira de bello cuento quería ser real.

Como las historias que escribía acompañada de un café, algunas lágrimas en las mejillas, una sonrisa prófuga y panecillos llenos de azúcar para la amarga caída. No hay luz, sólo la del brillo de cariño de los perros, coquetos y tiernos; no suficientes para calmarme no suficientes para distraerme no suficientes para olvidarte.

La tinta aún fresca del tatuaje de hace algunos días, el mismo junto a los pronombres y sustantivos de uno individual. Entretejiendo pensamientos con los hilos azules y blancos del borde de aquel tapete que logré hacer en un día. Los vicios que llegan con el verano gris, aquí sólo hay frío sólo neblina cubriendo una ciudad completa que lo tiene todo y a la vez le falta... Le faltas...

Enamorada de las tardes, del ocaso, del silencio, de lo aislado, del páramo, de las tejas, de lo verde, de lo blanco, del aire, del cielo. Apartada con mis pensamientos, leyendo palabras de Coelho, recordándome a mi recordándote a ti con un pedacito de melancolía polvoreado con nostalgia y un glaseado de tristeza de felicidad; el mejor dulce del crepúsculo.

Que no falte el café, que no se quite esa costumbre de acompañarlo con café mucho café. Café para olvidar para deambular, y en las noches escribir otra experiencia más. Hasta que llegué Morfeo que con ansias espero, hasta desear que no esté para pensarte otro ratito y que el tiempo corra para no soñar para no imaginar, para no creer que aquí no estas...

Un mil historias se cuentan mientras trato de adivinar que estoy haciendo, que estoy narrando, las mismas historias que cuento en mi memoria mientras escribo otras; todas diferentes todas iguales, los mismos personajes distintas las situaciones.

Pero sin final, porque el miedo no quiere que acabe algo que no ha empezado, violando el orden natural el ciclo de la vida la inercia de las cosas. No te acostumbres, no te acostumbres, no te acostumbres; que las palabras no están de tu lado esta vez, porque no quieren salir no quieren fluir no quieren escribirse no por las razones que tu deseas. 


Porque lucirán como enemigas y mejor amiga sólo para que no drenes lo que tienes, porque saben que si continuas vas a lastimarte más, porque son tu contrincante y tu mejor aliado. 


Tu rehabilitación y tu droga. 
Tu insulina y tu azúcar. 
Tú sangre y tú venda.

Ésa eterna enfermedad que sin padecer mal, te obligará a recordar siempre. Siempre lo que no quieres e igual sucede, como un estornudo es inconsciente. Así del mismo modo, con tan peculiar diferencia que no se ha inventado la cura. Pero las tengo, las perezco, sí; las pereceré hasta morir. 



Porque es benigno, es benigno pensarte y no querer extrañarte al mismo tiempo.



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