De un tacto mental, del que se adueña de todo

Sensaciones que perduran en el recuerdo, de aquellas que ni existen, se han acostumbrado a camuflajearse y esconderse ¿A qué le tienen miedo? Y todavía les pregunto, pero tampoco responden. Porque a veces olvido que sencillamente no están, no de la percepción y del sentido explicaciones del todo. 
Sólo del tacto ficticio eterno que viaja desde aquí hasta lo que me pertenece.

Sobre las blanquecinas superficies de papel, sobre las cortezas de una buena historia, sobre filas sonoras que se acompañan entre sí, sobre ancestros que un poco de mí vienen a dejarme más, sobre momentos irónicos del efímero al inmortal, sobre sombras en el humo, sobre imágenes del tiempo, sobre emociones que colorean almas, sobre respiraciones gritadas que se ahogan en el pecho, sobre una obsoleta maravillada por la belleza de un mundo negro, porque es terca o tal vez optimista, y desde ésa esquina pensar a escala de grises no cae mal. 

De ti, de mí, de ellos, de aquellos, de todos; que escuchan inhalar hasta el último ser humano ¿O es el aire propiedad de uno? Entonces la sinfonía no se detiene se esparce en nosotros, compartimos algo más grande que un pensamiento egoísta el cómodo inquilino de las mentes. 
De maderas nos han forjado y no del porque su dureza, del poder que tiene universalmente; de arder ese fuego interno que calienta y se traspasa entre nosotros, y que de las cenizas surge la esencia pasajera porque se pierde con el viento pero siempre regresa ¿Recuerdas? El aire.

Y sin pensarlo, los cuerpos y las consciencias ya se han conocido y abrazado muchas veces, sólo que no recordamos los encuentros informales, espaciales e imperceptibles. Porque no dejan la huella no la del tacto verdadero, el que reconoce y explota en dejavus del instante y del significado, el eco de la memoria, el sentir de estar y haber estado, el que no muere porque vivía desde mucho antes y no caduca. Ya que la culpa no nos incube la llamamos vida y es nuestra excusa, con la que ignoramos esa fogata que no cesa en nuestros adentros, es un fuego paciente que espera el éxtasis, la recompensa de quemar las vendas que nos ciegan de ese inmenso y enigmático propósito que las constelaciones tienen preparados para todos. 

Pero seguimos creyendo que somos extraños, que no nos correspondemos y el enemigo camina a tu izquierda, o en la otra acera. O tal vez sea el miedo de identificarnos, que se desvanezca el ser que tratamos querer aunque no siempre se esté a gusto en su compañía, contigo mismo. Porque si desaparece ¿Quién eres? Eres y vienes de la esencia, que viene y va, que perdura y resucita, eres y somos almas que se reinventan y siempre cambian. 

El miedo inservible que oscurece y nos detiene para mantenernos monótonos; sin acariciar al viento con tu cara y que juegue y baile con tu cabello, sin mojarse del cielo y sus conglomeradas nubes, sin apreciar los halos de la Luna en la noche, sin entrecerrar los ojos para no desinvitar al Sol descifrar tus pupilas, sin emerger una vacío que se llena, desborda y vuelve estar hueco dentro de ti por inexplicables pero necesarias emociones, sin vivir, sólo para existir. 

Y si no sé tu nombre, el peor momento de tu historia o la sonrisa más sincera que recibiste. Te conozco desde ese algo que está delante de todos, algo más grande y que va más allá del entendimiento, que observamos detenidamente, pero tal vez no en el sitio correcto.


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