Bucle de Tiempo
—Hay una noche encendida por el resplandor de una Luna inerte, que en su quietud, suspendida en el oscuro firmamento; no se ha hallado tan sola.
Porque me ha encontrado mirándola en el vaivén, en que voy escribiendo estas palabras.
Y en los pensamientos que me dieron espacio a que así fuere.
Y así; ella abandonada de la aurora del fallecido equinoccio, yo me inundé de preguntas, que encontraron respuestas en una conversación de madrugada.
Y me encaró una verdad profunda, sublime. Sobre las cosas que creí perdidas, o que poco a poco parecieron desvanecerse.
Ésas, que se paseaban ajenas al mundo que respiro, pero que igual encontraron como anidar en mí. Y vivir a través de mis ojos, de mi alma.
Cuestionándome ¿por qué? Si en el éxtasis de contemplar el amanecer con el frío calándote las manos, cuáles van sosteniendo el primer café en compañía de ese cosquilleo que sientes en el pecho, el que te recuerda toda la belleza; que sólo empezado el día puedes llegar a ver.
Que en ese júbilo que me empaña la mirada, sólo por la mañana. No concebí evidenciarlo en el exterior, en mis pares.
¿Por qué? Del espectáculo que nos brinda constantemente ese eterno vigilante, ese cielo colorido o incluso desaturado, ya nadie consigue admirarle.
De quererlo en silencio. Y en complicidad con él, dejar que su viento nos cuente secretos.
No sé quién habrá osado reencarnarse en la piel de esta chiquilla, en la simplicidad de ésta
¿Se habrán escapado las palabras de un libro antiguo para habitarme? De sentirme en esta tragedia poética, de la cual no puedo desenamorarme.
Porqué, no puede ser equívoco este sentir que se prende de ti y se arraiga a tu palpitar. Y te enciende, con esa llamarada que te incita a amar, a dar, a crear.
Con toda y hasta la última parte de ti, enteramente.
Y lo maravilloso qué es, así como también puede llegar a doler, pero.
Fundiéndote, en ese calor que te recorre el cuerpo, que te golpea tanto, que te grita “¡Carajos, estás vivo! “
Y no porque existes. Porque es una sensación tan intrínseca e indescriptible que intentando entenderla, te escasean las palabras.
Y si trataras, es sólo un modo.
Donde toda la ira, la rabia, la alegría, la felicidad, la nostalgia, la tristeza, la pasión, el cariño y el amor; te comen completamente y lo concedes.
Porque sólo en ese océano de euforia en el que te sumerges, es que reconoces lo que verdaderamente importa.
Y te persigue, se tatúa en el alma, se impregna en tu esencia y en la manera en que observas al mundo.
Entonces me consterna, porque habría de ser como permanezco. Porque me interesan las cosas que parecieran enigmar a los contemporáneos, quizás es difícil embriagarse del romanticismo.
Quizás ya no se es posible entender la literatura, la música, el arte; pero por la voluntad de abrasarse, sí, de quemarnos evocando lo sublime de nuestra humanidad.
De envolvernos en lo que nos rememora porqué, en alguna época, fuimos así.
Y en la espontaneidad de ese encuentro nos acaricie el imperceptible tacto de su inherencia, de las cosas que dejaron de importar. Y nos empujen a regresar por ellas.
Que fuéramos más, y no menos. Soñando, amando, viviendo; deslumbrados por la belleza de lo simple, dibujando lo extraordinario en los detalles.
Sentados al borde de la calma, en torno a una bahía atardeciendo; o simplemente junto al olor de tierra mojada tras la lluvia, con el que te recibe la montaña.
Yaciendo en esa tranquilidad que asciende hasta nuestras pupilas, para llenarnos de detenimiento, respirando lo eterno.
Inmortalizándolo con nuestra mirada, en nuestro recuerdo.
Y guardarlo en este bucle de tiempo, en el que parece, trascendimos.

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