Expuesta a voces vinotinto
De todos los lugares en los que pensaba encontrarte, aquí, es dónde más te extrañaba
Pilar de adoquín, figura de canto, musa dormida, alma inánime
te sentaste en este jardín, de musgos, tinieblas y barro
tranquila, fría y quieta.
Yaciste en este pozo sin luz
en este espacio inhóspito de verdades y esperanzas
en el que te oculté y te aparté del mundo
y eternamente te condené a naufragar
Y lo aceptaste sin salvavidas
ni peros ni argumentos
con la mirada desaturada y el cuerpo asfalto.
Porque tú y yo… Oh, tú y yo
que nos acostumbramos a caminar sobre vidrios rotos
veredas de roca latente, fervientes, volcánicas
senderos de infinitos alfileres invisibles e intangibles
se nos clavaron hasta la última fibra de la piel, de los pies, de los pasos.
Lo sabíamos, y nuestra entereza se tambaleaba
exhaustas, exhaustas.
En mis ridículos esfuerzos por cuidarte y salvarte
proteger alguna esquina, mantener siquiera una pieza intacta.
Elegí sumergirte
ahogarte al punto más profundo de este océano
que hoy me invade, me atormenta y me avalancha
como un iceberg, al que permaneces anclada
piolet asentado, ártico perenne, nevada fija.
Todo este tiempo
tan azul, tan violeta, tan negro
¿Siempre fue?
desconectada de la existencia por hallarte perdida
dudando de tu alma, cuestionando tu esencia
despidiéndose de ti, desdibujándose de tus huellas
sobre las que giraste una y otra vez
atada, con los grilletes que posé sobre ti
y tus manos evaporadas.
Derrumbando sobre ti una pena que nunca fue tuya
ni de tus palabras, ni de tus anhelos. Lo siento.
Porque la oscuridad que me asfixiaba
la que aún, la que se ha postrado aquí,
al abrazarse a mi regazo, permanentemente.
Arropó cada luz, contaminó cada rendija, envolvió y vació
cada detalle, cada minúscula partícula de mí
de cada tesoro que guardaba.
Cada letra que celé, cada abrazo que negué
cada tacto al que plasmé la ausencia
por la invitación a la sospecha, el temor a la herida
el rechazo al precipicio, la negación, la aversión a las marcas
el pánico a levantar los ínfimos pedazos
una vez que me rompiera en fragmentos, de nuevo.
Y de nuevo. Y de nuevo.
Y, aun así, fue inevitable.
Por escudar la pequeña inocencia, la íntima cálida, el frágil remiendo
de la crueldad del mundo, de la impiedad que me acechaba
auspicie la ceremonia de tu desfallecimiento
de tu velorio en ataúdes vacíos
en lápidas de viento y origami.
Lo que sacrifiqué por egoísmo, para ti, para mí, y para otros
todo en vano, todo abstracto
fantasmas sin sombras ni siluetas, ni nombres, meditabundos
en la desesperación y desconsuelo remanente, reiterante
de haber perdido lo que más amaba.
Yo. Yo. Yo. En el obituario.
Expuesta a voces vinotinto y plata. Dolor y gracia. Celebrada, derrotada.
Te abrazo, sollozo, y rezo
porque en esta distancia
frontera en la que permaneciste desterrada
regreses
ardas en tu fulgor, tus letras
tus pensamientos que incineran
quémame
permíteme calcinarme contigo para no soltarte
nunca más y solamente
cuando sea cenizas bailando en la vorágine de los escombros y el humo
devorando al fuego, y él a nosotras
del miedo a la vida que lastima, que duele, que es vida
que enciende; roja, candente, voraz
en la hoguera de tus días, en la brasa de tus ojos
Incéndialo todo, querida.

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