Y solo puedo verte
Se levanta el cielo e inundan los silencios, tan vastos y profundos, como este océano de azules cerúleos y zafiro. Rodeado de bruma y abismo, se ancla tu goleta en medio del infinito; efigie en el viento, sueños corroídos. Encalla tu alma y derivan los deseos, zarpando al vacío viajando en sosiego. Mientras la marea se mece, el salitre se escurre, sobre tu pecho hasta tu espalda, ahoga a su paso cualquier atisbo de esperanza. Y sólo puedo verte.
Velero que naufraga sobre el coralino. Navío inmerso en el desierto. Balandra que se hunde sobre olas gasificadas. Porque la oscuridad se disfraza de tristeza y mando, gobernalle que no direcciona, aparejos que obedecen caminos sin rumbo, de brújulas aleatorias. Mientras se pinta el ocaso, cae el frío sobre tu proa. Se encienden los faros que no trascienden entre tu caoba, solo perciben los sonidos que emiten las sombras. Recámaras de abeto, mástiles de penumbra. Tripula toda la agonía, y la soledad ondea sobre tu cofa. Y sólo puedo verte.
Desde un puerto repleto de bolardos, que divagan y se cuestionan; si los olmos extenderán raíces sobre las grietas, cubrirán los restos del siniestro en un otoño eterno. Donde no aborda la primavera ni sobrevuelan las gaviotas. No florecen los crisantemos ni se marchitan las gardenias. No se disipa la tormenta ni desciende el arrebol. No navega la vida y se detiene en el limbo. Mientras una hilera de boyas rodea tu barco, flotando en ecos de palabras que lo mantengan a salvo. Para que las promesas serpenteen entre la brisa, hasta sentarse en tu regazo y resguardarse en tu mirada.

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